El último mesías

El último mesías, Peter W. Zapffe

1933

Ensayo que explora cómo la conciencia humana lleva a una lucha existencial, con mecanismos de defensa contra la ansiedad y la reflexión sobre nuestra efímera existencia.

I

Una noche en tiempos idos hace ya mucho, el hombre despertó y se vio a si mismo. Se vio desnudo bajo el cosmos, sin hogar en su propio cuerpo. Todo se disolvió ante su inquisidor pensamiento, y maravilla sobre maravilla, y horror sobre horror se revelaron en su mente.

Entonces la mujer despertó también y dijo que era hora de partir y matar. Y él asió su arco y flecha, el fruto nupcial entre espíritu y mano, y salió bajo las estrellas. Pero conforme las bestias llegaban a sus veneros donde él solía asecharlas, ya no sintió en su sangre aquel instinto de saltarles encima, sino un gran salmo sobre la hermandad del sufrimiento entre todo lo vivo.

Ese día no regresó con presas, y cuando lo encontraron a la siguiente luna, yacía muerto en el venero.

II

¿Qué sucedió? Una falla en la misma unidad de la vida, una paradoja biológica, una abominación, una absurdidad, una exageración de naturaleza desastrosa. La vida sobrepasó su objetivo, reventándose a si misma. Una especie había sido armada en exceso—por espíritu creada, pero carente de todopoderoso, pero igualmente una amenaza a su propio bienestar. Su arma era como una espada sin empuñadura o mango, una navaja de doble filo hendiéndolo todo; pero aquel que ha de blandirla debe agarrar la navaja y virar un filo hacia si mismo.

A pesar de sus nuevos ojos, el hombre seguía enraizado a la materia, su alma girando en ella y subordinada a sus ciegas leyes. Pero aun así él miraba a la materia como extranjero, comparándose contra cualquier fenómeno, viendo a través y localizando sus procesos vitales. Él llega a la naturaleza como huésped no invitado, en vano extendiendo sus brazos para rogar conciliación con su creador: La naturaleza ya no contesta, realizó un milagro con el hombre, pero luego ya no le conoce. Perdió su derecho a residir en el universo, ha comido del Árbol del Conocimiento y ha sido expulsado del Paraíso. Él es poderoso en el mundo cercano, pero maldice su poder que fue comprado con su armonía de alma, su inocencia, su paz interior en el abrazo de la vida.

Así que ahí está con sus visiones, traicionado por el universo, maravillado y temeroso. La bestia también conoce el miedo, en truenos y tempestades y en la garra del león. Pero el hombre se volvió temeroso de la vida misma— de hecho, de su propio ser. La vida- que para la bestia era sentir el juego del poder, era calor y competir y batallar y hambre, y entonces por último inclinarse ante la ley vigente.

En la bestia el sufrimiento está autocontenido. En el hombre horada agujeros hacia un miedo del mundo y una desesperanza de la vida. Incluso mientras el niño surge al río de la vida, los rugidos de la cascada de la muerte se levantan alto sobre el valle, siempre más cercano, y lagrimeando, sollozando en su alegría. El hombre observa la tierra, y está respira como un gran pulmón; cada que exhala, vida encantadora pulula de todos sus poros y emerge hacia el sol, pero cuando inhala, un quejido de ruptura pasa a través de la multitud, y los cadáveres azotan la tierra como granizos. No solo su propio día podría él ver, los cementerios se retorcían ante su mirada, los lamentos de milenios enterrados ululaban contra él desde las horrendas figuras decayentes, sueños de madres vueltos-a-la-tierra. La cortina de futuro se recorría a si misma para revelar una pesadilla de repetición sin fin, un inconsciente malgasto de materia orgánica.

El sufrimiento de miles de millones humanos penetra en él a través de la puerta de la compasión, pues todo cuanto sucede levanta una risa para burlarse de la demanda de justicia, su más profundo principio de orden. Él se ve emerger en el vientre de su madre, levanta su mano en el aire y ésta tiene cinco ramas; ¿de dónde este número diabólico cinco, y qué tiene que ver eso con mi alma? Él ya no es obvio a si mismo, toca su cuerpo en absoluto horror; éste eres tú y hasta aquí llegas y no más lejos. Dentro de si lleva una comida, que ayer era una bestia que por si misma husmeaba por ahí, ahora la absorbo y la hago parte de mí, ¿Y donde comienzo y termino yo? Todas las cosas se encadenan entre sí en causas y efectos, y todo cuanto él quiere entender se disuelve ante el escrutador pensamiento. Pronto ve la mecánica incluso en la lejana y querida totalidad, en la sonrisa de su amada también hay otras sonrisas, una bota rasgada con los dedos del pie. Eventualmente, los rasgos de las cosas son rasgos sólo suyos. Nada existe sin él, cada línea apunta de regreso hacia él, el mundo es meramente un eco fantasmal de su propia voz - salta gritando estridentemente y queriendo vomitarse a si mismo sobre la tierra junto con su impura comida, siente el asomar de la locura y quiere encontrar la muerte antes de perder incluso tal capacidad.

Pero al colocarse frente la inminente muerte, comprende también su naturaleza, y el significado cósmico del paso por venir. Su creativa imaginación construye nuevas, temerosas perspectivas tras la cortina de la muerte, y ve que incluso ahí no hay santuario alguno. Y ahora puede discernir el esquema de sus términos biológico-cósmicos: Él es el desamparado cautivo del universo, mantenido para caer en posibilidades sin nombre. A partir de este momento, se halla en un estado de pánico implacable. Tal sensación del pánico cósmico es central a cada mente humana. De hecho, la raza parece destinada a perecer en cuanto toda efectiva preservación y continuación de la vida sea abolida, tan pronto toda la atención y energía del individuo se destine a soportar, o atender, la catastrófica alta tensión interna.

La tragedia de una especie que se torna inadecuada para la vida, al sobre-desarrollar una capacidad, no se confina a la humanidad. Así se cree, por ejemplo, que sucumbieron ciertos ciervos en épocas paleontológicas cuando adquirieron cuernos excesivamente pesados. Las mutaciones deben considerarse ciegas, que trabajan y avanzan sin ningún contacto de interés con su ambiente. En estados depresivos, la mente sería la representación de tal cornamenta, con todo su fantástico esplendor clavando en el suelo a quien la porta.

III

¿Por qué, entonces, la humanidad no se ha extinguido desde hace mucho tiempo, durante las grandes epidemias de locura? ¿Por qué solamente un muy reducido número de individuos perece al no poder soportar la tensión de la vida — cuando el conocimiento les da más de lo que pueden aguantar?

La historia cultural, así como la observación de nosotros mismos y de otros, permite la siguiente respuesta: La mayoría de la gente aprende a salvarse a si misma al limitar artificialmente su contenido de conciencia.

Si los ciervos gigantes, a intervalos convenientes, hubiesen roto los arpones exteriores de sus cornamentas, pudieran haber durado más tiempo. Aún con fiebre y dolor constante, de hecho, traicionado su idea central, el meollo de su particularidad, ya que la mano de la creación les dio la vocación de ser el portador de cuernos de los animales salvajes. La ganancia en persistencia, se perdería en significación, en grandeza de vida; es decir, una continuación sin esperanza, una marcha no hasta la afirmación, sino avanzando en la perenne recreación de sus ruinas, una raza autodestructiva contra la voluntad sagrada de la sangre.

La identidad de propósito y de fenecimiento es, tanto para ciervos gigantes como para humanos, la trágica paradoja de la vida. En una devota Bejahung (simbolización, afirmación), el último Cervis Giganticus portó el escudo de su linaje hasta su final. El ser humano se salva a si mismo y prosigue. Desempeña, para extender una frase usual, una más o menos auto-conciente represión de su perjudicial exceso de conciencia. Este proceso es virtualmente constante durante nuestro despertar y horas activas, y es un requisito de adaptabilidad social y de todo aquello comúnmente referido como vida sana y normal. Incluso la psiquiatría trabaja con la premisa de que lo saludable y viable va al parejo de lo máximo en términos personales. La depresión, el miedo a la vida, la negación a nutrirse y otros por el estilo, se toman como muestras de estado patológico al que hay que dar tratamiento. Sin embargo, frecuentemente, tales fenómenos son mensajes de un más profundo, más próximo sentido de la vida, frutos amargos de una genialidad del pensamiento o de sentimiento, en la raíz de tendencias anti-biológicas. No es que el alma esté enferma, sino una falla en su protección, o bien que está siendo rechazada porque se experimenta -correctamente- como una traición al más elevado potencial del ego.

El conjunto de vida que hoy vemos ante nuestros ojos está, desde lo más íntimo hasta lo más externo, enmarañado en mecanismos represivos, sociales e individuales que pueden ser detectados hasta en las fórmulas más triviales de la vida cotidiana. Aunque toman una multifacética y extensa variedad de formas, parece legítimo por lo menos identificar cuatro clases importantes, que desde luego ocurren en cualquier combinación posible: aislamiento, anclaje, distracción, y sublimación.

Por aislamiento me refiero a una cabal y arbitraria expulsión de todo pensamiento o sentimiento preocupante o destructivo. (Engstrom: "Uno no debe pensar, ese sólo confunde"). Una variante perfecta y casi embrutecedora se halla entre ciertos médicos, quienes para autoprotegerse solamente ven el aspecto técnico de su profesión. Puede también decaer al gamberrismo puro, como entre los pequeños delincuentes y los estudiantes de medicina, donde cualquier sensibilidad hacia al lado trágico de la vida es suprimida por medios violentos (jugar futbol con cabezas de cadáveres y cosas así).

En la interacción diaria, el aislamiento se manifiesta en un código general de silencio mutuo: sobre todo hacia los niños, para que no de pronto se asusten brutalmente por la vida que apenas comienzan, y conserven sus ilusiones hasta que puedan permitirse perderlas. A cambio, los niños no deben incomodar a los adultos con recordatorios intempestivos del sexo, del escusado, o de la muerte. Entre adultos están las reglas de 'tacto', un mecanismo exhibido abiertamente cuando desalojan, con ayuda policíaca, a un hombre que llora en la calle.


El mecanismo del anclaje también sirve desde temprana edad; los padres, el hogar, la calle se convierten en cosas habituales al niño y le dan un sentido de seguridad. Esta esfera de experiencias es la primera y quizás más feliz, protección contra el cosmos al que nos enfrentaremos en la vida, un hecho que sin duda explica el muy debatido “apego infantil”; la cuestión de si eso tiene tintes sexuales carece de importancia aquí. Cuando el niño descubre más adelante que esos puntos fijos son tan “arbitrarios” y “efímeros” como cualquier otro, tiene una crisis de confusión y de ansiedad y rápidamente busca algún otro anclaje. “En otoño, iré a la escuela secundaria". Si por algo falla la substitución, entonces la crisis puede tomar un rumbo fatal, o bien puede ocurrir lo que yo denomino un espasmo de anclaje: Uno se aferra en los valores muertos, escondiendo lo mejor posible, a uno mismo y a otros, el hecho de que son inservibles, que uno está espiritualmente en bancarrota. El resultado es sempiterna inseguridad, “complejo de inferioridad”, sobrecompensación, desasosiego. Cuando este estado entra en ciertas categorías, se hace acreedor a tratamiento psicoanalítico, cuyo objetivo es completar la transición hacia nuevos anclajes.

El anclaje puede caracterizarse como la sujeción a puntos internos, o la construcción de murallas alrededor, de la lacrimosa batalla de conciencia. Aunque típicamente inconsciente, también puede ser totalmente consciente (uno “adopta un propósito”). Los anclajes públicamente útiles son recibidos con simpatía; quien “se sacrifica enteramente” por su anclaje (la compañía, la causa) es idolatrado. Él habrá establecido un poderoso baluarte contra la disolución de la vida, y otros por sugestión se benefician de la fuerza de él. En una tosca forma, como acción deliberada, aparece entre “playboys decadentes” (“uno debe casarse oportunamente, y entonces las ataduras vendrán por si mismas"). Así que uno establece una necesidad para su vida, exponiéndose a un mal obvio desde el propio punto de vista, pero que es un calmante de los nervios, un contenedor de altas paredes para una sensibilidad ante una vida cuya crudeza va en aumento. Ibsen presenta, en Hjalmar Ekdal y Molvik, dos causas de florecimiento (“mentiras vivientes”); no hay diferencia entre su anclaje y el de los pilares de la sociedad a excepción de la improductividad práctico-económica de la primera.


Cualquier cultura es un gran y redondeado sistema de anclajes, cuyas ideas culturales centrales constituyen los firmamentos de soporte. La persona promedio se conforma con tales firmamentos colectivos; su personalidad se le da prefabricada. La persona de carácter termina su construcción, apoyándose mas o menos en esos firmamentos centrales y colectivos que heredó (dios, iglesia, estado, moralidad, destino, leyes de la vida, la gente, el futuro). Mientras más cercano esté un elemento de estímulo a los firmamentos principales, más peligroso será tocarlo. Aquí normalmente se establece una protección directa mediante códigos penales y amenazas de enjuiciamiento (inquisición, censura, el enfoque Conservador hacia la vida).

La capacidad de carga de cada segmento o bien depende de que aun no se haya reconocido su naturaleza ficticia, o de que, de todos modos, se le reconozca como necesaria. De ahí surge la educación religiosa en las escuelas, que hasta los ateos apoyan porque no conocen otra manera de conducir a los niños hacia formas sociales de comportamiento. Cuando la gente se percata de la falsedad o de la redundancia de los segmentos, se esforzarán por substituirlos por unos nuevos (“la limitada duración de Las Verdades”)- y de ahí fluyen todas las distensiones espirituales y culturales que, junto con la competición económica, conforma el dinámico contenido de la historia universal.

El ansia por bienes materiales (poder) no se debe tanto a los placeres directos de la riqueza, ya que nadie puede estar sentado en más de una silla o seguir comiendo cuando ya quedó saciado. Mas bien, el valor que una fortuna representa para la vida consiste en la riqueza de oportunidades para el anclaje y la distracción que permiten a su dueño.

Tanto para los anclajes colectivos como para los individuales ocurre que cuando un segmento se rompe, hay una crisis que es más grave cuanto más cercano está el segmento a los firmamentos principales. Dentro de los círculos íntimos, protegidos por murallas externas, tales crisis son ocurrencias cotidianas y casi indoloras (contrariedades); incluso pueden observarse jugarretas con los valores de anclaje (bromas, jerga, alcohol). Pero durante tales juegos uno puede accidentalmente rasgar un agujero de lo eufórico a lo macabro.

El pavor “de ser” nos mira directo a los ojos, y en un trago mortal percibimos cómo las mentes están colgando de hilos de su propio tejido, y que un infierno acecha por debajo.

Los meros firmamentos fundacionales raramente podrán ser reemplazados sin grandes espasmos sociales y sin riesgo de disolución total (reforma, revolución). Durante tales eventos los individuos crecientemente se van quedando abandonados a sus propios mecanismos de anclaje, por lo que la cantidad de fallas tiende a aumentar. El resultado son depresiones, excesos y suicidios (oficiales alemanes luego de la guerra, estudiantes chinos después de la revolución). Otro defecto del sistema es el hecho de que los distintos frentes de peligro generalmente requieren muy distintos firmamentos. Conforme se construye una superestructura lógica sobre cada uno, prosiguen choques entre incompatibles formas de sentir y de pensar. Luego la desesperación puede entrar a través de las grietas. En tales casos, una persona puede obsesionarse, con gozo destructivo, desarmando el artificial aparato del conjunto de su vida y comenzando, con entusiasta horror, a barrer cabalmente con la misma. El horror surge de la pérdida de todos los valores de cobijo, del éxtasis de su ahora despiadada identificación y la armonía con nuestro más profundo secreto de la naturaleza, del desquiciamiento biológico, de la continua disposición hacia la condenación. Amamos a los anclajes porque nos salvan, pero también los odiamos por limitar nuestro sentido de libertad. Siempre que nos sentimos suficientemente fuertes, nos da placer ir juntos a enterrar un expirado valor de moda. Los objetos materiales adquieren aquí un significado simbólico (el acercamiento Radical a la vida).

Cuando un ser humano ha eliminado los anclajes que le están a la vista, cuando solo le quedan puestos aquellos que le son inconscientes, entonces él se auto-nombrará una personalidad liberada.

Una manera de protección muy popular es la distracción. Uno restringe la atención al mínimo crítico, al continuamente llenarla y adornarla de impresiones. Esto es típico incluso en la niñez; sin distracción el niño incluso sería insufrible a sí mismo. "Mamá, ¿ahora que hago?" Una niñita inglesa que visitaba a sus tías noruegas entró desde su cuarto, diciendo: "¿Y ahora que sigue?" Las cuidadoras con tino le dijeron: ¡Mira, un perrito! ¡Fíjate como están pintando el palacio! El fenómeno es demasiado familiar como para requerir mayor demostración. La distracción es, por ejemplo, la táctica de vida de la 'alta sociedad'. Podría comparase a una máquina voladora hecha de material pesado, pero que incorpora un principio que la mantiene en el aire cada que se le aplique. Debe siempre estar en movimiento, pues el aire solo la sostiene momentáneamente. El piloto con el hábito pudiera adormecerse y ser displicente, pero la crisis es grave en cuanto el motor flaquea.

Frecuentemente la táctica es totalmente consciente. La desesperación puede morar justo debajo y surgir a borbotones, en sollozos repentinos. Cuando se han agotado todas las opciones distractivas surge la irritación, que puede ir desde una suave indiferencia hasta una fatal depresión. Las mujeres, generalmente menos propensas a ejercicios intelectuales, y por consiguiente más seguras sobre su vida que hombres, preferentemente emplean la distracción. Un considerable mal del encarcelamiento es la negación a la mayoría de las opciones distractivas. Y como las condiciones para desahogarse de otras maneras también son escasas, el preso tiende a permanecer cercano a la desesperación. Los actos que comete para desviar el escenario final tienen su justificación en el mismo principio de supervivencia. En tal momento él experimenta su alma dentro del universo, y no tiene otro motivo que la abismal insoportabilidad de tal condición.

Presumiblemente son raros los ejemplos absolutos de pánico a la vida, pues los mecanismos protectores son refinados y automáticos, y hasta cierto punto incesantes. Pero incluso el terreno adyacente lleva la marca de la muerte, la vida es aquí apenas soportable y a grandes esfuerzos. La muerte aparece siempre como escape, uno olvida las posibilidades del más allá, y dado que la manera de percibir la muerte en parte depende de sentimientos y perspectivas, pudiera ser una solución bastante aceptable. Si alguien en status mortis pudiera esgrimir una pose (un poema, un gesto, el “morir de pie”), es decir un anclaje final, o una última distracción (por ejemplo la muerte de Aases, personaje de una obra de Ibsen), entonces tal destino para nada es lo peor. La prensa, auxiliando al mecanismo del ocultamiento, siempre hallará razones para no alarmar; “se cree que la última caída en el precio del trigo...”; Cuando un humano se quita la vida por depresión, ésta fue una “muerte natural por causas espirituales”. La moderna barbaridad de 'salvar' al suicida se basa en una espeluznante incomprensión a la esencia existencial.

Solamente una limitada porción de humanidad puede conformarse con meros “cambios”; ya sean de trabajo, de vida social, o de entretenimiento. La persona culta exige conexiones, líneas, una progresión en los cambios. A la larga nada finito satisface, uno está siempre en camino, recogiendo conocimiento, haciendo una carrera. El fenómeno se conoce como 'anhelo' o “tendencia trascendental”. Cada que se logra una meta, el anhelo avanza; por lo tanto su objeto no es la meta, sino el mismo logro de eso -el gradiente, no la altura absoluta-, de la curva representativa de nuestra vida. La promoción de soldado raso a cabo puede aportar una experiencia más valiosa que la de coronel a general. Cualquier base de “optimismo progresivo” es removida por esta esencial ley psicológica.

El 'anhelo' humano no solo está marcado por un “esfuerzo hacia”; sino también por un “escape de”.

Y si empleamos la palabra en un sentido religioso, sólo encaja la última descripción. Pero en esto nadie aún ha aclarado de que “anhela” alejarse; a saber, el valle de lagrimas terrenal, la insoportable condición propia. Si la conciencia de este predicamento es el nivel más profundo del alma, según se argumentó antes, entonces también se entiende porqué el anhelo religioso se siente y se experimenta como fundamental. En contraste la ilusión de que conforma un criterio divino, que abriga la promesa de su propio cumplimiento, es expuesta por estas consideraciones ante una luz ciertamente melancólica.

El cuarto remedio contra el pánico, la sublimación, es una cuestión de transformación mas que de represión. Gracias a dones estilísticos o artísticos, el mismo dolor de la vida puede ocasionalmente convertirse en valiosas experiencias. Los impulsos positivos atrapan al mal y lo confrontan ante sus propios límites, amarrándolo en sus aspectos pictóricos, dramáticos, heroicos, líricos o hasta cómicos.

A menos que la peor picadura del sufrimiento sea embotada por otros medios, o negado el control de la mente, tal utilización es improbable (Ilustración: El escalador no disfruta de la vista del abismo mientras se ahoga de vértigo; y solo hasta que tal sensación es más o menos superada él la disfruta, anclado). Para escribir una tragedia uno debe en alguna medida liberarse de -la traición-, el sentimiento mismo de la tragedia y mirarla desde un enfoque externo; es decir, estético. Aquí está, a propósito, una oportunidad para la más salvaje danza a través de niveles irónicos siempre mayores, hacia el más embarazoso círculo virtuoso. Aquí uno puede perseguir a su propio ego a través de numerosos hábitats, disfrutando de la capacidad de las varias capas de conciencia para despejarse unas a otras.

Este mismo ensayo es una tentativa típica de sublimación. El autor no sufre, él está llenando las páginas y será publicado en un diario. El 'martirio' de lOs solteronOs también muestra una clase de sublimación —ellas así ganan en significación. Sin embargo, la sublimación parece ser el menos común entre los medios protectores aquí mencionados.

IV

¿Será posible para las “naturalezas primitivas” renunciar a estos calambres y cabriolas (jugueteos) y vivir en armonía consigo mismas en la serena dicha del trabajo y el amor? Mientras puedan ser considerados como humanos, pienso que la respuesta debe ser no. La mayor argumentación que puede hacerse sobre la llamada gente natural es que están algo más cerca del maravilloso ideal biológico, que nosotros la gente artificial. Aun cuando hasta ahora hemos podido salvar a la mayoría durante cada tormenta, hemos sido auxiliados por lados de nuestra naturaleza que apenas, modesta o moderadamente, se han desarrollado. Esta base positiva (que como simple protección no puede crear vida, sólo obstaculizar su titubeo) debe buscarse en el naturalmente adaptado aprovechamiento de la energía dentro del cuerpo y las partes biológicamente provechosas del alma, sujetas a tales dificultades como aquellas debidas precisamente a limitaciones sensoriales, a debilidad corporal, y a la necesidad de trabajar para la vida y el amor.

Justamente en esta finita tierra de dicha entre los frentes es que la progresista civilización, la tecnología y la estandardización tienen una degradante influencia. Pues mientras una fracción cada vez mayor de las facultades cognoscitivas se retira del juego contra el ambiente, hay un creciente desempleo espiritual. El valor de un adelanto técnico hacia la empresa de la vida, debe juzgarse por su aportación a facilitar la ocupación espiritual del humano. Aunque las fronteras son borrosas, quizás las primeras herramientas para cortar pudieran mencionarse como un caso de invención positiva.

Otras invenciones técnicas enriquecen solamente la vida del mismo inventor. Ellas representan un burdo y despiadado robo a la reserva común de experiencias de la humanidad, y deberían invocar el más rudo castigo si se hacen públicas a pesar de un veto de censura. Uno de tales crímenes, entre muchos otros, es el uso de máquinas voladoras para sondear tierras inexploradas. En un solo y vandálico golpe, así se destruyen florecientes oportunidades de experiencias que podrían beneficiar a muchos, si cada uno con esfuerzo, obtuvo su justa parte.

La actual fase de fiebre crónica de la vida está particularmente manchada por esta circunstancia. La ausencia de actividad espiritual basada naturalmente (biológicamente) aparece, por ejemplo, en el persistente recurso hacia a la distracción (entretenimiento, deportes, radio; “el ritmo de los tiempos”). Las condiciones para el anclaje no son tan favorables —todos los sistemas colectivos de anclajes están siendo pinchados por las críticas, y la ansiedad, repudio, confusión; la desesperación se filtra por las grietas (“cadáveres en el cargamento” — idiomático Danés — obscuros secretos escondidos en algún sitio). El comunismo y el psicoanálisis, aunque carecen de factores comunes en otros sentidos, ambos intentan (pues el comunismo tiene también una reflexión espiritual) por nuevos medios variar otra vez el viejo escape; aplicando respectivamente, violencia y astucia para hacer que los humanos encajen biológicamente, al aprisionar su sobrante de crítico de entendimiento. La idea, en cualquier caso, es misteriosamente lógica. Pero otra vez, no puede aportar una solución final. Aunque una degeneración deliberada a un nadir más viable puede ciertamente salvar a la especie en el corto plazo, por su naturaleza no podrá encontrar paz en tal dimisión, o de hecho no hallar ninguna paz en absoluto.

V

Si continuamos estas consideraciones hasta su amargo final, entonces no hay duda en la conclusión. Mientras que la humanidad proceda imprudentemente en su falso espejismo de estar biológicamente predestinada al triunfo, nada esencial cambiará. Mientras que sus números crecen y la atmósfera espiritual se espesa, las técnicas de protección tendrán que asumir un carácter cada vez más brutal.

Y los seres humanos persistirán en el sueño de salvación y afirmación y en un nuevo Mesías. Pero cuando muchos salvadores hayan sido clavados a los árboles y apedreados en las plazas públicas, entonces vendrá el último Mesías.

Entonces aparecerá el hombre que, como el primero de todos, se atreva a desvestir su desnuda alma y a entregarla viva al más extremo pensamiento del linaje, la idea misma de condenación. Un hombre que ha penetrado la vida y su territorio cósmico, y cuyo dolor es el dolor colectivo de la Tierra. Con qué gritos furiosos las multitudes de todas las naciones no gritarán pidiendo mil veces su muerte, cuando como un paño su voz envuelva a todo el planeta, y el extraño mensaje haya resonado por primera y última vez:

  • La vida de los mundos es un río rugiente, pero la Tierra es una charca y un reflujo.
  • La marca de la condenación está escrita en sus frentes
  • ¿Cuánto tiempo patalearán contra los pinchazos?
  • Pero existe una conquista y una corona, un rescate y una solución.
  • Conózcanse a si mismos, sean infértiles y dejen a la Tierra silenciosa tras de ustedes.

Y cuando hubiere hablado, se volcarán sobre de él, guiados por los promotores de la paz y las parteras, y lo enterrarán con sus propias uñas.

Él es el Último Mesías. Un hijo de un padre, y descendiente de aquel arquero primitivo junto al venero.

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